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La Lógica Del Infierno

Jürgen Moltmann


            La lógica del infierno no es otra cosa más que la lógica de la libertad humana, en la medida que pueda identificarse  con la libertad de elección. El argumento teológico es el siguiente: “Dios cuyo ser es amor preserva nuestra libertad humana, porque la libertad es la condición del amor. Aunque el amor de Dios vaya, y venga, de forma perpetua hasta lo profundo del infierno, la posibilidad recae en cada ser humano en un rechazo final de Dios, y de su vida eterna”

¿El amor de Dios preserva nuestra voluntad, o libera nuestra esclavitud la cual ha perdido su libertad a causa del pecado? ¿Dios ama a mujeres y hombres libres, o busca a hombres y mujeres quienes se han perdido? No fue  Agustín padre del Cristianismo Anglo-sajón; además de ser Padre de la Iglesia quien aparentemente estuvo por encima de su oponente Pelagio.

La primera conclusión, me parece, es que el concepto es inhumano, porque no hay mucha gente que pueda disfrutar de la libre voluntad si su preocupación por su destino eterno es saber si estará en el cielo o el infierno. ¿Qué pasará con la gente que nunca tuvo la opción, o nunca tuvo el poder de decidir? ¿Los niños que mueren en edad temprana, los minusválidos graves, la gente que sufre de enfermedades geriátricas? ¿Están en el cielo, de forma incompleta, o en algún lugar intermedio, en el Limbo? ¿Qué pasa con los billones de personas a los cuales el evangelio nunca alcanzo y quienes no tuvieron la oportunidad de decidir? ¿Qué pasa con Israel el pueblo elegido de Dios, los Judíos, quienes no están dispuestos a creer en Cristo? ¿Están todos los adherentes a otras religiones destinados a la aniquilación? Y algo no menos importante: ¿Cuán firme debe ser nuestra decisión de fe si queremos salvarnos? Alguien quien enfrente a hombres y mujeres con la elección del cielo o el infierno, no debe esperar mucho de ellos. Se les deja en un estado de incertidumbre, porque no podemos basar la seguridad de nuestra salvación en el suelo inestable de nuestra propia decisión. Si pensamos en todo esto, llegamos a la conclusión de que al final no muchos van a estar con Dios en el cielo; la mayoría de la gente va a estar en la incertidumbre. ¿O esta lógica del infierno tal vez presuponga la ilusión de que todo depende de la libre voluntad del ser humano?

Si en última instancia, después del juicio final de Dios sobre la voluntad de las decisiones humanas, todo lo que queda es el 'cielo' y el 'infierno', todavía tenemos que preguntarnos: ¿qué va a pasar con la tierra y todas las criaturas terrenales, la cual después de todo resultó ser "muy buena" para el Creador? Si ellos también van a desaparecer en su "ser imparcial", debido a que ya no son necesarios, ¿cómo podrá haber entonces una nueva tierra?

La lógica del infierno me parece no solamente inhumana, sino también extremadamente atea: aquí el ser humano en su libertad de elección es su propio señor y dios. Su propia voluntad es su cielo o su infierno. Dios no es más que el accesorio que pone esa voluntad en vigor. Si decido por el cielo, Dios tiene que ponerme en ese lugar; si me decido a ir al infierno, me tiene que sacar de allí. Si Dios tiene que cumplir con nuestra libre decisión, entonces podemos hacer con él lo que queramos. ¿Ese es ‘el amor de Dios'? Los seres humanos libres forjan su propia felicidad y son sus propios verdugos. No sólo disponen de sus vidas aquí; deciden sobre sus destinos eternos también. Así que no tienen ninguna necesidad de ningún Dios en absoluto. Dios después de crearnos libres como somos, nos abandona a nuestra suerte. Este argumento llevado a una conclusión final, nos dice que la lógica del infierno es humanismo secular, como el de Feuerbach, Marx y Nietzsche ya percibido hace mucho tiempo.
La doctrina cristiana del infierno se encuentra en el evangelio cuando Cristo descendió al infierno, no en una modernización del infierno en el ser imparcial. Nuestro siglo ha producido más infiernos que todos los siglos anteriores a nosotros: Los hornos de gas de Auschwitz y la atomización de Hiroshima anunciaban una era de potencial aniquilación masiva a través de las armas ABC. ¡Así que muchas personas han experimentado estos infiernos! No tiene sentido negar el infierno. Es una posibilidad que está constantemente alrededor y dentro de nosotros. En esta situación, el evangelio sobre el descenso de Cristo a los infiernos es particularmente relevante: Cristo sufrió la "lejanía ineludible de Dios" y el "abandono de Dios" sin ningún tipo de salida, para que pudiera llevar a Dios a los Rebeldes. Él viene "a buscar a los que se pierden". Él sufrió los tormentos del infierno ya que para  nosotros no había remedio ni escape. Cristo trajo esperanza al lugar donde según Dante todos los que entran deben "abandonar la esperanza”. “Si hago mi cama en el infierno allí estás tú "(Salmo 139: 8). A través de sus sufrimientos fue que Cristo ha destruido el infierno. El infierno se abrió: ¿“Infierno dónde está tu victoria”? (I Cor. 15:55)

Para Lutero, el infierno no es un lugar en otro mundo, el inframundo; es una experiencia de Dios. Para él, el descenso de Cristo al infierno fue su experiencia del abandono de Dios desde el  Getsemaní hasta el Gólgota. En el Cristo crucificado podemos ver cómo es el infierno, porque a través de él se ha superado. El verdadero universalismo de la gracia de Dios no se basa en el "humanismo secular". Es en ese humanismo, más como lógica del libre albedrío donde se muestra en que estaba basado el doble final: cielo o infierno, ser o no ser. Pero la universalidad de la gracia de Dios se basa en la teología de la cruz. Esta es la forma en que fue presentado por todos los teólogos cristianos que fueron criticados por predicar la "reconciliación universal", la más reciente la de Karl Barth. En su "confesión de la esperanza” el predicador evangelista de Swabia Christoph Blumhardt (quien influyó profundamente en la teología protestante moderna Alemana) lo expresó de esta manera: “No puede haber ninguna duda de que Dios renuncie a nada ni a nadie en el mundo entero, ya sea hoy o por toda la eternidad. El final tiene que ser: ¡He aquí, todo es de Dios! Jesús se presenta como el que ha sacado al pecado del mundo. Jesús puede juzgar, pero no condenar. Mi deseo es haber predicado esto tan lejos como lo más profundo del infierno, y que no se me  confunda".

El juicio no es la última palabra de Dios. El juicio establece en el mundo la justicia divina por medio de la cual se va a construir la nueva creación. Pero la última palabra de Dios es: "He aquí, yo hago nuevas todas las cosas" (Ap. 21: 5). A partir de esto nadie será exceptuado. El amor es la compasión de Dios para los perdidos. La Gracia transformadora es el castigo de Dios para los pecadores. No es el derecho a elegir lo que define la realidad de la libertad humana. Si no es hacer lo bueno.




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