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Viviendo Dentro De La Historia De Dios

Eugene H. Peterson


Eugene H. Peterson (Noviembre 6 de 1932), es pastor, académico, autor y poeta. Ha  escrito más de treinta libros incluyendo el Gold Medallion Book Award por El Mensaje:La Biblia en Lenguaje Contemporáneo, una traducción idiomática de los lenguajes originales de la Biblia.

La Biblia es básicamente, y sobre todo narrativa, una inmensa, extensa y enorme narrativa. Incluye historias  llenas de contenido sobre cómo Dios se ha revelado y la forma en que esa revelación ha llegado hasta nosotros. Podemos deducir que los narradores en la  comunidad Cristiana tenían la responsabilidad de mantenernos expectantes ante esas historias y la manera en cómo actúan. Nuestros mejores narradores aprendieron el arte de Jesús, famoso por usar historias que envuelven a sus oyentes al reconocer como obra Dios en sus vidas.

Tanto en el Nuevo como el Antiguo Testamento de nuestras Escrituras Cristianas, el mensaje principal es la historia de la Palabra de Dios acercándose a nosotros. Por tanto debemos estar agradecidos, ya que la historia es la forma más accesible del discurso. Historias recientes y antiguas. Relatos literales y no literales de igual manera son historias para contar o escuchar. Ni la estupidez, ni la sofisticación ponen fuera el campo magnético de la historia. El único rival serio de la historia en términos de accesibilidad y atracción es la canción, y hay muchas de ellas en la Biblia también.

Pero existe otra razón para apropiarse de la historia como tema principal de cómo llegó la Palabra de Dios. La historia no sólo nos dice algo y lo deja ahí; la historia nos invita a la participación. Un buen narrador nos adentra en la historia. Sentimos la emoción, quedamos atrapados en el drama, nos identificamos con los personajes, miramos por los rincones y las grietas de la vida que habíamos olvidado, nos damos cuenta que es más que un mero negocio que el ser humano pueda explorar. Si el narrador es bueno, las ventanas y las puertas se abren. Nuestros narradores bíblicos eran buenos, tanto en lo moral como en lo estético.

Por supuesto, no todas las historias son buenas; algunas carecen de honestidad. Existen historias sentimentalizadas que nos seducen como una forma de escape de la vida; existen historias propagandísticas que intentan enlistarnos en una causa o intimidarnos a dar respuestas estereotipadas; hay historias triviales que presentan la vida de manera linda o divertida.

La honestidad de las historias bíblicas con respecto a nuestra libertad; no nos manipulan, no nos exigen, no nos distraen de la vida. Ellas nos muestran un mundo espacioso en el cual Dios crea, salva y bendice. Primero a través de nuestra imaginación y después por medio de nuestra fe – imaginación y fe están relacionadas – ellas nos ofrecen un lugar en la historia, nos invitan a esta gran historia que toma lugar bajo el inmenso cielo de los propósitos Divinos en contraste con las anécdotas inverosímiles que cocinamos en los anaqueles cerrados de nosotros mismos. Ellas nos invitan como participes de algo más grande que nuestra necesidad por definir la maldad, en algo más verdadero que la ambición de nuestra cultura. Entramos a esas historias y nos reconocemos como participantes, ya sea que estemos dispuestos o no, en la vida de Dios.

Hablamos de necesidad porque vivimos en un era cuando la historia ha sido empujada desde sus límites bíblicos a un abismo sin fondo, llevándola a ser una mera “ilustración” o “testimonio” o “inspiración.” Tanto fuera como dentro de la iglesia, preferimos información sobre la historia. Reunimos información típicamente impersonal (pretendiendo decir que es “científica” o Teológica), doctrinal, filosófica o histórica, con el propósito de llevar las cosas en nuestras propias manos y hacernos cargo de cómo vivir nuestras vidas. Y comúnmente consultamos expertos que nos interpreten la información.

Pero no vivimos nuestras vidas por medio de la información. Vivimos en relación al contexto de una comunidad de hombres y mujeres – cada persona es una forma intricada de experiencias, motivos y deseos,  además de tener un Dios personal, quien no puede ser reducido a una formula o definición, quien ha diseñado la justicia y la salvación. El cúmulo de información y la consejería de expertos dejan de lado casi todo lo que nos hace únicos – nuestras historias personales y relaciones, nuestros pecados y culpas, nuestro carácter moral y la obediencia a Dios.

Contar una historia es la primera forma verbal de relatar la manera en que vivimos la realidad día a día. No hay (casi) abstracciones en una historia – la historia es inmediata, concreta, lineal, relacional, personal. Y cuando perdemos el toque en nuestras vidas, nuestras almas – nuestra moral o nuestra vida espiritual, nuestra vida personal con Dios – la historia es la mejor manera de devolvernos ese toque otra  vez. Esta es la manera por la cual la Palabra de Dios fue dada en forma de historia. Y es vasta, de gran alcance, abarca todo – una meta-historia.

La manera en la cual se maneja el lenguaje es importante, así como su contenido. Si nos equivocamos en la forma, responderemos de igual manera hacia el contenido. Si nos equivocamos en enterrar las pistas para hallar un tesoro enterrado, no importa que tan cuidadosamente leamos, terminaremos pobres y hambrientos. Si leemos mal una señal en el camino, “60 km por hora,” como si fuera una opción más que una orden, eventualmente nos encontraremos al lado del camino con un oficial de tránsito corrigiendo nuestra gramática. Ordinariamente, aprendemos esas malas interpretaciones y les damos la misma forma y contenido a determinados significados.

Pero cuando se llega a la Escritura no lo hacemos tan bien. Tal vez es porque la Escritura llega a nosotros de manera autoritativa, “la Palabra de Dios,” así que pensamos que todo lo que podemos hacer es someternos y obedecer. La sumisión y la obediencia es parte de, pero lo primero que tenemos que hacer es escuchar. Y escuchar requiere poner atención a la manera en que se dice (forma) así como a lo que se dice (contenido).

Las historias sufren una mala interpretación cuando las consideramos simplemente como historias. Estamos con la guardia abajo cuando la revelación divina llega con tan extraordinario atuendo, y pensamos que es nuestro trabajo vestirla con la última seda llegada de Paris de la teología o hacer con ella un traje de tres piezas de ética antes de que podamos tratar con ella. Lo simple, o lo complicado, la historia es fácil, como cuando David estuvo bajo la espada de Saúl, una historia tan gravada de admoniciones morales, construcciones teológicas, y debates académicos tan difíciles de resolver. Siempre hay elementos morales, teológicos e históricos en esas historias   las cuales requieren ser estudiadas y comprobadas, pero nunca  a pesar o desafiando la historia que ha sido contada.

La teología espiritual, usando la Escritura como texto, no se nos presenta como código moral y nos dice, “vivan a la altura de,” tampoco se fija como un sistema de doctrina y dice, “Piensen así.” La forma bíblica es contar la historia e invitarnos a, “vivir dentro de – esto es lo que nos hace ser humanos en esta creación de Dios y el gobierno de Dios; esto es lo que nos ayuda a convertirnos y madurar como seres humanos.” No tenemos que adaptarnos a uno molde prefabricado de moral, intelecto y religión, antes de todo eso somos admitidos en la presencia de Dios. Somos tomados en cuenta seriamente así como somos y tenemos un lugar en su historia – porque esto, después de todo, es la historia de Dios. Ninguno de nosotros es el personaje principal en la historia de nuestras vidas. Dios es el contexto más amplio y la trama en la cual todas nuestras historias se encuentran así mismas.

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