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Symbolum Apostolorum


Mejor conocido como el Credo de los Apóstoles para los hispano parlantes, esta fórmula ha dado pie a innumerables debates y libros. ¿Es posible, que cómo argumentan algunos eruditos éste Credo en la forma que lo conocemos haya existido en los orígenes del Nuevo Testamento? La pregunta no la vamos a responder aquí, ya que este no es el enfoque de esta entrada. Sin embargo, lo que si vamos a hacer es mostrar cuál fue el primer esquema o borrador que existió según la tradición de la iglesia.

La primera mención al Credo de los Apóstoles parece que ocurrió durante el intercambio de correspondencia entre el Sínodo de Milán y el Papa Siricio aproximadamente en el año 390. Parece que Ambrosio de Milán uno de los firmantes en el Sínodo fue quien hizo uso de este título.[1] Pero Rufino de Aquileya[2] (ex amigo de Jerónimo) hacia el año 404 nos da un comentario más preciso sobre el Credo: “Los apóstoles habiendo sido equipados en Pentecostés con la habilidad de hablar en diferentes lenguajes, fueron instruidos por el Señor para salir y proclamar la palabra del Señor por todo el mundo.”[3]

Aunque equivocadamente se atribuyó a Agustín el comentario sobre el  Credo Apostólico, fue Rufino quien dio una primera idea de cómo empezó a circular lo que ahora es nuestra expresión de fe universal:

“Al décimo día después de la ascensión, cuando los discípulos estaban reunidos por temor a los Judíos, el Señor envió el Paracleto prometido sobre ellos. A su llegada ellos fueron encendidos como acero al rojo vivo, y fueron llenados con el conocimiento de todos los idiomas, de esta forma fue que compusieron el Credo. Pedro dijo 'Creo en Dios Padre...creador del cielo y de la tierra'... Andrés dijo 'y en Jesucristo su Hijo... nuestro Señor'... Santiago dijo 'que fue concebido por el Espíritu Santo...nacido de la virgen María'... Juan dijo ´sufrió bajo Poncio Pilato... fue crucificado, muerto y sepultado'... Tomás dijo ´descendió al infierno...resucito al tercer día de entre los muertos’...Santiago dijo 'ascendió al cielo... sentado a la derecha de Dios el Padre’... Felipe dijo 'vendrá a juzgar a vivos y muertos' ... Bartolomé dijo ´Creo en el Espíritu Santo... Mateo dijo ´la única iglesia católica... la comunión de los santos’... Simón dijo ´la remisión de pecados' ... Tadeo dijo ' la resurrección de la carne´... Matías dijo 'la vida eterna´.”[4]

Notemos que Rufino no inventó la historia que cita. Todo lo contrario, ante sus ojos parecía ser una tradición antigua y piadosa.

Las cartas del Nuevo Testamento nos brindan una base sólida para pensar que desde los tiempos de la primera iglesia ya existían confesiones de fe. Consideremos dos cosas:

1.      La iglesia primitiva fue una iglesia creyente, confesante y predicadora.
2.      Los estudios académicos del siglo XX han reconocido que el carácter de la literatura apostólica armoniza con el supuesto del que hemos hablado.[5]

La epístola de Judas nos enseña en el versículo 3 que hubo “una fe que de una vez y para siempre fue entregada a los santos”. No deberíamos preguntarnos ¿Cómo se entregó esa fe? Y en el verso 20 nos dice que hemos “sido edificados sobre nuestra santa fe”.  Esta fe de la que hablaba Judas fue escrita usando formulas y las declaraciones que la iglesia fue recogiendo con el paso de los años; para después dar paso a un Credo que resumiera la enseñanza Apostólica.

Tal vez el Credo Apostólico como lo conocimos después del Concilio de Nicea no haya sido la forma original que dejaron los apóstoles, pero con toda seguridad en el Nuevo Testamento están contenidas todas sus declaraciones.






[1]    Domingo Ramos Lisson (Patrología, p. 316)
[2]    Xabier Pikaza Ibarrondo (Diccionario de Pensadores Cristianos, p. 789)
[3]    J. N. D. Kelly (Early Christian Creeds, p.1)
[4]    Ibid., p.3
[5]    Ibid., p. 7,8

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