La Conversión de la Existencia Adánica en Jesucristo

C. Baxter Kruger



Pensar en la ascensión de Jesús es imaginarlo sentado a la derecha del Padre, como reza el Credo, pero pensar en la ascensión con respecto a la Caída de Adán y al conflicto de Israel con Dios, es estar ante el milagro de la obra de Jesucristo.


La ascensión nos enseña que en Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, la Caída de Adán y Eva ha sido deshecha, la existencia Adánica ha sido convertida por Dios, reordenada para estar en una correcta relación con Dios.

La existencia del universo y de la raza humana no son un accidente. El Dios Triuno creó el mundo como el primer acto de un vasto e inconcebible esquema de gracia para llevar a los seres humanos hasta el círculo de la vida Trinitaria. La creación sirve al propósito más alto de la adopción. Pablo nos enseña que fuimos predestinados para la adopción antes de la fundación del mundo y que nuestra adopción fue predestinada para estar completa “por medio de Jesucristo” (Ef. 1:5). La adopción es el punto eterno. La creación es el principio, el primer paso hacia su cumplimiento, y prepara el camino para la encarnación del Hijo y de nuestra adopción en él.

La encarnación significa que aunque Jesús es el Hijo amado y eterno, y aunque bautizado en el Espíritu y aun recibiendo su testimonio, Jesús miró lo que Adán miró. Al entrar al mundo de Adán, el Hijo de Dios también entró en el mundo de la mente caída de Adán. Se puso los lentes de Adán, los que miran a Dios con disgusto, los que ven a los ojos del Padre con indiferencia, juicio y rechazo. Cualquiera que haya sido el proyecto de Adán para con Dios, y cualquier cosa que haya sentido cuando cayó, Jesús vio y sintió, miró y sintió con la misma intensidad y realidad que Adán.

La paradoja del corazón del Cristianismo es que el Hijo de Dios entro en la existencia Adánica caída sin dejar de ser Hijo de Dios.

¿Cómo es posible está contradicción? La respuesta es que no es posible – algo se tiene que dar, algo tiene que cambiar. Ya sea que la comunicación entre el Padre, Hijo y Espíritu busque un fin eterno, o que la existencia Adánica sea reordenada totalmente. Ya sea que el amor del Dios Triuno haya sido herido, la carne Adánica será convertida a Dios. Debe haber una conversión, una reestructuración fundamental ya sea en ser y carácter de Dios, o en el ser y carácter de Adán.

El Hijo de Dios entró en nuestra existencia humana, rota, caída, y alienada. Se puso en los zapatos de Adán, en los zapatos de Israel, en nuestros zapatos, y rehusó a ser como Adán. Rehusó ser como Israel. Entró en la existencia humana y rehusó estar en esa condición “caída”. Paso a paso, momento a momento, rehusó creer en el dios de Adán y amó a su Padre con todo su corazón, con toda su alma, su mente y sus fuerzas.

El intolerable ¡No! Exclamado por Dios en la Caída se tradujo en la encarnación y en el rechazo personal de Jesucristo a vivir en oscuridad: “No caminaré en oscuridad, no creeré en el dios mitológico de Adán, no traicionaré a mi Padre, no daré la espalda al Espíritu.” Pero lo más importante es que el ¡No! de Dios a la Caída se tradujo en el ¡Sí! del Hijo encarnado: “Amaré a mi Padre con todo mi corazón, alma, mente y fuerza. Viviré en el Espíritu Santo. Seré honesto conmigo mismo como el amado del Padre.” El precio de ese ¡Sí! Fueron 33 años de sufrimiento, en y por medio de los cuales el Hijo encarnado estuvo peleando con la existencia Adámica, estuvo acortando el alejamiento que produjo la Caída, estuvo reordenando las relaciones humanas con Dios. Ahí en la cruz, llegó el fin triunfal. Ahí, tomó el paso decisivo para convertir la carne Adánica. Ahí, gritó su final y decisivo ¡No! a Adán y al legendario dios de Adán, pero también grito su final y decisivo ¡Sí! a su Padre.

Jesús murió y la existencia Adánica murió con él.

En la cruz, Jesús experimentó el terrible infierno de la mitología Adánica hasta el máximo, gritando en su agonía, ¿“Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?” Pero fue ahí precisamente en el inimaginable abismo del inexplicable dolor, que Jesucristo se rehusó a creer en la mentira, la conocía pero amaba a su Padre. La palabra final no fue, ¿Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?” La palabra final fue, “Padre, en Tus manos encomiendo mi Espíritu.” 

¿Por qué murió Jesús?

Murió porque el Dios Triuno nos ama con amor eterno y apasionado, porque el Dios Triuno rehusó absolutamente destruirnos. Murió porque la única manera de sacarnos de la Caída de Adán y sentarnos a la derecha de Dios el Padre fue por medio de la recreación de la existencia Adánica que requería la encarnación de la Vida Triuna de Dios, 33 años de lucha y sufrimiento, y la crucifixión y resurrección de la carne Adánica.

Comentarios

  1. Poderoso articulo y reflexiones de la Trinidad de Dios. ME FASCINAN estos pensamientos trinitarios.

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