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Infierno: ¿La Némesis De La Esperanza?

Nicholas Ansell

Primera Parte


Como preámbulo a estas series de entradas, la semana anterior puse una entrevista con el Dr. Ansell. En ella trataba de forma general el tema del infierno y del juicio. En éste artículo, Nick Ansell explica por qué el concepto del Infierno como juicio eterno y retributivo no puede ser parte del Evangelio.


Dejad, los que aquí entráis, toda esperanza.

            - Dante, Infierno, Canto III.9

Mas por su maldición, nunca se pierde,
sin que pueda volver, el infinito
amor, mientras florezca la esperanza.

-        Dante, Purgatorio, Canto III. 133-135


Si el infierno es la némesis de la esperanza, ¿puede formar parte del Evangelio? Si Cristo vino a  “librar a los que por el temor a la muerte, estaban sujetos a esclavitud durante toda la vida. (He. 2:15), ¿debería el miedo al Infierno mantener a la Iglesia en éste estado? Si no es así, ¿qué significado tiene el  "Infierno" en el Nuevo Testamento?


¿Demasiado caliente para tenerlo en la mano?

Me gustaría explorar estas preguntas a la luz de la primera polémica que llegó hace veinte años en relación con la teología de John Stott, un líder de la iglesia que ha sido muy influyente y apreciado en todo el mundo a partir de que el New York Times se refiriera a él como el "Papa" de los Evangélicos.

En 1988, David Edwards, un académico Anglicano asociado durante mucho tiempo con el Movimiento Estudiantil Cristiano y el SCM Press en el Reino Unido, publicó un análisis de la teología de Stott titulado Fundamentos: Un diálogo liberal-Evangélico. Como era de esperarse, uno de los temas más criticables por parte Edwards fue el referente a la doctrina tradicional del infierno. La respuesta de Stott, en el espacio que se le dio al final del capítulo correspondiente, ahora es tan famosa como  discutible. Obligado a debatir sobre un tema que había evitado en gran medida en sus escritos, rechazó   la corriente principal de la teología evangélica, declarándose  a sí mismo "aniquilacionista". Mientras que en la ortodoxia tradicional, las almas eternas de los salvados y los condenados experimentan ya sea la bendición o la ira de Dios para siempre, en el esquema de Stott experimentan la "inmortalidad condicional," el paralelo (si no el contraste) se rompe en aquellos que no se arrepienten, es decir,  no tienen futuro en el siglo venidero, dejando así  de existir. En el exterminio del mal, el mismo infierno dejara de existir.

Aunque reacio a expresar sus convicciones en esta área debido a su preocupación por la unidad en la comunidad evangélica de todo el mundo, sin embargo, Stott agradeció a Edwards por traer el tema a debate. Incluso llegó a decir sobre la posición tradicional lo siguiente, "[E] mocionalmente, creo que el concepto es intolerable y no entiendo cómo la gente puede vivir con ello sin ningún tipo de remordimiento o presión."



La renuencia de Stott a escribir sobre el tema del infierno y su aniquilación debido a la separación que podría crear (o revelar) quedó bien fundada. Poco después, en una importante conferencia en América del Norte sobre lo que significa ser evangélico, se planteó la cuestión de si Stott debería excluirse así mismo dadas tales revelaciones. La cuestión fue sometida a votación, y la perspectiva por un margen muy pequeño fue casi derrotada. ¡El Papa fue casi excomulgado!

La Alternativa Aniquilacionista

El Aniquilacionismo o la inmortalidad condicional ya ha sido ampliamente discutido y debatido. Si la teología de Stott es más representativa aquí que en otras partes, entonces tal vez dentro de veinte años, esta visión del infierno ya no tendrá como propósito "abrir" a los evangélicos, sino podría llegar a ser   la corriente principal evangélica. Mucho dependerá de la aceptación de la doble propuesta de Stott sobre que la Biblia  "apunta en dirección de la aniquilación" y que "el tormento eterno consciente es una tradición que tiene que ceder el paso a la autoridad de la Escritura."

Stott expone cuatro razones sobre su posición. En primer lugar, propone, que hay que tomar el lenguaje bíblico sobre el juicio-como-destrucción mucho más en serio, y en segundo lugar, a la luz de este amplio volumen de textos, debemos interpretar la imagen del fuego eterno con mucho más cuidado. En este contexto, Stott sostiene que la función principal del fuego "no es causar dolor, sino asegurar la destrucción, como todos los incineradores del mundo lo hacen." El fuego que es eterno e insaciable, insiste Stott, no es lo que se lanza. El humo que "sube por los siglos de los siglos" (Apocalipsis 14:11) es evidencia de que el fuego ha hecho su trabajo. El castigo eterno, en otras palabras, no es castigo eterno permanente.

Stott afirma que el "imaginario" del fuego del infierno, en su segundo argumento, debe entenderse dentro del "lenguaje" de la destrucción, dirigido por su primer argumento. Sus argumentos tercero y cuarto para el aniquilacionismo están conectados de manera similar y se refieren a la naturaleza de la justicia como ha de entenderse dentro de la victoria de Dios sobre el mal.


El tercer punto de Stott es sobre la justicia de Dios, que es una justicia en la que "la pena infligida será acorde con el mal hecho." El pecado es de hecho un asunto grave, pero en la posición tradicional existe una "desproporción seria", a juicio de Stott, entre el pecado cometido conscientemente en la vida y el tormento que será conscientemente experimentado, el resultado será para toda la eternidad. Consciente de que la ortodoxia tradicional justifica el castigo eterno en razón de que los pecadores continuarán en su impenitencia para siempre, Stott desarrolla su cuarto punto, que consiste en apelar a aquellos textos tomados por algunos que apuntan a una visión bíblica de la salvación universal. No es que Stott desee defender el universalismo -ni mucho menos. Pero el tema bíblico de la victoria final de Dios sobre el mal y su devenir de "todo en todos" (1 Cor. 15:28) presentes en esos textos, insiste, son incompatibles con la existencia eterna de aquellos que están condenados y quienes  presumiblemente continuarán en un estado de rebelión contra Dios.

El aniquilacionismo, propone Stott, resuelve estos problemas mientras se hace justicia al lenguaje bíblico acerca del juicio de los impenitentes. Sus críticos, sin embargo, lo acusan de "un alegato especial" y de "jugar sucio", con la Escritura. Las preguntas que esta controversia plantea están todavía vivas. ¿Cuál posición puede reclamar apoyo bíblico? ¿Qué punto de vista debemos respaldar? ¿Con quién debemos estar: con los aniquilacionistas o con los tradicionalistas?




¿La última palabra?

Mi respuesta es: ¡ninguna! Ambas posiciones, a mi juicio, deben ser rechazadas al menos por dos razones, ambas posiciones exigen el desarrollo de una nueva teología en la que el Infierno ya no sea más la némesis de esperanza.

En primer lugar, ambas posiciones permiten que el mal tenga la última palabra. Como aniquilacionistas  han tardado en darse cuenta, que el infierno de la ortodoxia tradicional no puede hacer justicia a la visión de Habacuc 2:14 en la que "la tierra será llena del conocimiento de la gloria de Yahvé, como las aguas cubren el mar" o a la expresión del Nuevo Testamento de esta esperanza encontrada en la promesa de que Dios será "todo en todos" (1 Cor. 15:28). La afirmación tradicional de que el sufrimiento eterno de los impenitentes servirá para glorificar a Dios mediante la revelación de su justicia reduce la revelación de la gloria de Dios a la restauración del honor de Dios, separando así la gloria de Dios de la exaltación de la creación. Justicia concebida como retribución cierra toda posibilidad de redención y detiene la llegada de la era por venir. En la escatología tradicional, los pecadores ya no tienen el poder de pecar después del juicio final, sin embargo, siguen siendo pecadores. Si han de ser castigados eternamente por los pecados del pasado, y por su condición de no arrepentidos, ¿cómo es que la presencia del mal ya no estará presente en el mundo?

Aunque el intento aniquilacionista de encontrar una solución escatológica más allá de los confines de la ortodoxia tradicional es, sin duda justificado, su propia posición tiene serios problemas. Es bueno recordar, sobre todo en esta época de violencia y crisis ecológica, que la aniquilación y la destrucción de la creación de Dios es precisamente el objetivo y la meta del mal, pero no es evidencia de su derrota. La destrucción, incluyendo la autodestrucción, de aquellos hechos a imagen de Dios representa una victoria para las fuerzas de la oscuridad. En la transformación del castigo eterno en un juicio final, el mal sigue teniendo la última palabra.

En segundo lugar, me gustaría sugerir que tanto la ortodoxia tradicional como el aniquilacionismo malinterpretaron seriamente las Escrituras. Hay catorce referencias al "infierno" en el Nuevo Testamento de acuerdo con la Nueva Versión Internacional (NVI), once de los cuales se refieren a un lugar donde los seres humanos pueden terminar como resultado del juicio de Dios. Estas once referencias se encuentran en las palabras de Jesús. Siete de las once se encuentran en Mateo (5:22, 29, 30; 10:28; 18:9; 23:15, 33). Los cuatro restantes son textos paralelos: tres en Marcos (9:43-7) y una en Lucas (12:5). Estas referencias bíblicas requieren más atención de la que han recibido en el debate actual.


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