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Elisabeth Moltmann-Wendel En Recuerdo


Por
Danielle Shroyer
Esta entrada apareció hace algunas semanas en el blog de la teóloga Danielle Shroyer. El motivo que dio paso a esta serie de pensamientos fue la muerte de Elisabeth Moltmann-Wendel, escritora, investigadora, académica y esposa del querido profesor Jürgen Moltmann. Elisabeth Moltmann escribió una serie de libros, además junto con su esposo escribieron algunos más; especialmente Rediscovering Friendship (Redescubriendo la amistad), The Women Around Jesús (La mujer junto a Jesús), y I am my Body (Yo soy mi cuerpo), del que Danielle se ocupó en esta entrada.
En contraste con la tradición de la iglesia, que siempre estuvo atormentada por el cuerpo, el Nuevo Testamento comienza con una confesión de la buena creación de Dios. Debemos recurrir a esta tradición de nuevo y animar a la comunidad cristiana…”
Llama la atención que las mujeres no padezcan de enfermedades clásicas -ceguera, sordera, mudez, parálisis... Las mujeres padecen de nuevas enfermedades que no tienen paralelos masculinos: fiebre (de la suegra de Pedro), una espalda encorvada, un sangrado del útero, la aparente muerte de la hija de Jairo. En estas enfermedades no es una extremidad la que se ve afectada, sino toda la persona. Y las curaciones tienen más repercusiones que simplemente la regeneración de un órgano... En la curación de una mujer una relación social se restaura, una que se había perdido o quizás nunca estuvo allí. A la mujer encorvada que ahora puede enderezarse se le dice que ella también es una "hija de Abraham' -una ruptura con la herencia espiritual patriarcal. A la mujer con el útero sangrando se le promete paz -total, es el fin de la exclusión religiosa y social causada por sus hemorragias. Se dice que la suegra de Pedro después de haber sido curada se puso a 'servir', está es una expresión especial que significa que las mujeres participan en el movimiento de Jesús, y no tiene nada que ver con la disposición femenina a servir a la familia. Es un trabajo que restaura la justicia, atribuido a Jesús (Marcos 10:45).”
Es bueno recordar que Jesús era feminista, y con eso quiero decir que Jesús llamó a la mujer a una vida de igualdad de condiciones, de amistad, con el hombre y con la sociedad en general. Aprecio especialmente que Moltmann-Wendel haya comentado que cuando la suegra de Pedro se levantó, después de que Jesús la sanara, empezara a servir, la palabra servir aquí es la misma usada a través de los evangelios para describir lo que los seguidores y discípulos de Jesús hacían. Esto NO significa que simplemente ella se dedicara a servir la cena, aunque hubiera podido hacerlo. Significa que ella fue sanada para convertirse en un discípulo, para servir al mundo por la bondad de Dios.
También es interesante pensar cuan únicas fueron las curaciones de las mujeres en el Nuevo Testamento, no había caído en la cuenta hasta que empecé a leer su libro. Ellas enfrentaron situaciones que las limitaban socialmente en formas tan perjudiciales y en algunos casos hasta extremas. Un hombre tenía que tener lepra para poder experimentar ese tipo de aislamiento; una mujer sólo necesitaba sangrar. Jesús miró a esa mujer, y creo, que al sanarla también se le dio paz, integridad, que es la meta de la vida.


Hay tantas noticias en estos días sobre la violencia contra las mujeres. En aquellos días la sociedad veía a las mujeres como objetos, como amenazas, y como testigos poco confiables. Por el hecho de su fisonomía, las mujeres eran vistas como algo poco fiable, o se les inculpaba de la violencia cometida contra ellas. Vivimos en una cultura en dónde los hombres son capaces  de hacer y decir lo que quieran sobre el cuerpo de una mujer, además legislan para tomar decisiones en nombre del cuerpo de una mujer, lo cual permite que haya una sensación de control sobre la mujer. Nosotros también vivimos en una cultura donde las mujeres mantienen niveles de control con respecto a la rendición de cuentas sobre sus mismos cuerpos. Es una locura.



Por esa razón necesitamos una teología del cuerpo, que se preocupe por todos nuestros sentidos,  nuestra piel y todo nuestro ser como una parte integral de la vida, y por extensión, de la fe. Me siguen desconcertando las formas en que el cristianismo puede llegar a ser tan anti-corporal cuando somos las personas que creen en un Dios encarnado. La fe no nos obliga a ir en contra de nuestros cuerpos. Estamos diseñados para vivir la vida con Dios y con la creación con nuestros cuerpos.

Para la mujer, que lucha con una enorme montaña debido a la indiferencia que provoca el cuerpo que habitamos, es bueno saber que seguimos a Aquel que nos ve como una sola unidad, y que rechaza un mundo en el que somos consideradas como algo menor.












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