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¿Jesús, Víctima de Dios?



En ocasiones, con demasiada rapidez nos disponemos a contestar de forma determinista las preguntas que surgen sobre el origen del mal en el mundo. Con mucha frecuencia, la teodicea del mal menor es la que priva en el pensamiento de los cristianos. Preferimos optar por un mal menor siempre y cuando se logre un bien mayor, pero como en todo sistema de pensamiento, tanto filosófico como teológico, siempre existen objeciones. Si decimos que un mal menor es necesario para que un bien mayor aparezca, tendríamos que hacerlo desde la perspectiva del que es favorecido u obtiene un favor. Pero qué sucede si miramos desde la perspectiva de las “victimas”.

En el caso del Cristianismo tendríamos que poner a prueba esta lógica desde la perspectiva de Jesús, el Siervo que sufre. ¿Por qué debe sufrir un solo hombre para que todos puedan ser redimidos? ¿Por qué Jesús debía sufrir y morir para lograrlo? ¿No era posible para Dios que redimiera a toda la humanidad sin la mediación necesaria de una víctima inocente?

¿No puede acaso la misericordia de Dios mostrada en la cruz interpretarse como una aberración? Una lectura sacrificial de un texto de los llamados “prueba” puede convertirse en una constante para una lectura sacrificial de la muerte de Jesús. “Así que la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros.” (Rom. 5:8) El peligro está en ver esta muerte sacrificial como una moneda de cambio: “Jesús devolvía a Dios una deuda o aplacaba su ira o compensaba un daño causado por su pueblo. Una de las consecuencias más funestas sobre esta interpretación es que hace “increíble” la misericordia de Dios.

El profesor Carlos Gil Arbiol de la Universidad de Deusto comenta la muerte de Jesús desde el lado de las víctimas:

La muerte de Jesús es la muerte de una víctima de la injusticia, de la violencia, de la codicia y del afán de poder de algunos poderosos, que vieron en su vida, en sus palabras y hechos, un desafío al ejercicio de su poder. Debemos sacar de la ecuación de la muerte de Jesús a Dios (como si este fuese el destinatario, el beneficiario inmediato de un bien con el que negocia); Dios no espera su muerte, ni la busca, ni la quiere, ni la necesita... El grito de abandono que se oye en la cruz (¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado? Mc. 15,34) es el modo de explicar esta ausencia: Dios no utiliza esa muerte como pago o compensación por deudas u ofensas; Dios no está esperando el sacrificio de la vida de su hijo para conceder el perdón a la humanidad. La presencia de Dios en la cruz de Jesús es silenciosa, de aparente ausencia, como si no estuviera; hasta Jesús siente esa ausencia como abandono (aunque confiado: Sal22).” [1]

De la lectura del profesor Arbioli podemos decir que la muerte de Jesús es un signo de Dios. Es la forma cómo Dios se presenta en la historia, de su aceptación de la autonomía de los hombres y su responsabilidad, de su decisión de no intervenir alterando el curso de la historia... Jesús acepta su destino como consecuencia de su modo de vivir y Dios acepta la decisión de Jesús y respeta la historia sin intervenir milagrosamente.

Si Jesús quería ser congruente con la realidad de su misión, con predicar el reinado de Dios en la tierra, tenía que posicionarse como víctima, no había otra manera. Porque solo así fue capaz de captar la injusticia y la barbaridad de la lógica dominante que justifica el dolor y la muerte de las víctimas.



Conclusión

El punto de partida para entender el tema de la misericordia, es ponerse en la piel de las victimas (los que sufren injusticia, violencia, desigualdad, abuso, etc...). Si bien existen otras teologías que van en busca de lograr el bien mayor (más gente en misa o en los servicios, más bautizados, más jóvenes comprometidos...) son sordas y ciegas a la idea del dios que transmiten, en muchas ocasiones es un dios que es una vaga caricatura del Dios de Jesús.

Solo desde el lugar de la víctima se descubre que el discurso sobre un dios que acepta o justifica la existencia de victimas es injusto y horrible, además desde el punto de vista de Dios, el Dios revelado en la cruz de Jesús, es, blasfemo.





[1]    Carlos Gil Arbiol, La misericordia desde las víctimas, p.266, 2016.

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