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La Cultura Humana y La Religión como fuentes de la Violencia




El cristianismo progresivo no busca ser una denominación más dentro de la religión cristiana, ni busca tener la verdad absoluta, es decir, no busca imponer su interpretación sobre las demás interpretaciones. A lo más, busca ser una voz dentro de la iglesia, que, bajo el lema de siempre reformada, intenta proclamar el mensaje de salvación en medio de un mundo posmoderno. Si bien, una oleada de voces progresistas se ha alzado en las últimas décadas, tales como las de Tony Jones, Brian D. McLaren, Brian Zhand, Michael Hardin, Matthew J. Distefano, y un largo etc., con diferentes matices, son las voces de una interpretación del mensaje cristiano centrado en el amor infinito de Dios revelado en Jesucristo. Tal revelación debe hacerse manifiesta en el mensaje de paz, amor e igualdad entre los seres humanos.

Explorar teologías de este tipo, ha llevado a los teólogos a dar un paso más en la búsqueda de respuestas. Buscar en el comportamiento y en la psicología del hombre no significa que Dios tenga que ser desplazado de su ámbito teológico, sino que el hombre mismo es quién puede aportar más datos para el entendimiento de su comportamiento dentro de una cultura determinada. Uno de los aspectos por el que más se ha interesado el cristianismo progresista es el problema de la violencia.

¿Por qué es violento el ser humano?

Matthew J. Distefano intenta mostrar cuáles son los dos aspectos básicos de la violencia humana en su ensayo “the roots of violence” (las raíces de la violencia). La tesis básica de Distefano es que la violencia sobre la cual está envuelta la humanidad tiene dos aspectos en su trasfondo, el deseo imitativo y la ansiedad de la muerte. Distefano explora estos dos aspectos basado en las investigaciones de René Girard y Ernest Becker.

Para René Girard, según Distefano, el “deseo mimético es el origen del problema”. Es decir, nuestros propios deseos están basados en los deseos de otros, inevitablemente nos convertiremos en rivales al compartir nuestros objetos finitos de deseo. Hay dos personas y solo un objeto.

Para calmar está violencia, dice Girard, la comunidad voltea a mirar a un tercero para culparlo de todos los problemas de la sociedad. A este fenómeno se le conoce como el mecanismo del chivo expiatorio. En vez de una violencia comunitaria que enfrenta a todos contra todos, la cual genera una espiral capaz de salirse de control y destruir a la comunidad entera, la gente desplaza su violencia hacia un miembro o subgrupo. Paradójicamente, a los ojos de la comunidad, el chivo expiatorio es la fuente del conflicto, pero también es quién trae paz.

La otra fuente de Distefano es Ernest Becker. Becker toma un camino diferente al de Girard y centra su argumento en la muerte. La causa primaria de la violencia en la humanidad es la toma de conciencia de su mortalidad. Este reconocimiento de nuestra muerte futura, la cual, segundo a segundo, se dibuja mejor en la proximidad, crea una ansiedad que tiene el potencial de volvernos locos. Es así como los seres humanos crean religiones y culturas para contrarrestar este destino inminente.

Además, dice Becker: el gran problema de esta ansiedad causada por la muerte es que se incrementa exponencialmente cuando las escatologías que desarrollamos se vuelven dualistas. Es decir, cuando nuestros “sistemas para la inmortalidad” incluyen un lugar o estado no sólo de felicidad objetiva, sino también de horror objetivo, defendiendo violentamente un sistema de “verdad” casi convertido en primordial.

Si como dice Distefano, el problema central de la humanidad es encarar la violencia, y si aceptamos las tesis de Girard y de Becker como una explicación al por qué de esta violencia, entonces, ¿en dónde vamos a buscar una respuesta?

Las tres fuentes que nos ayudaran a encarar el problema de la violencia humana según Distefano son: Los evangelios, específicamente las narrativas de la Pasión y la Resurrección; al encontrar una respuesta en las buenas nuevas, la humanidad será capaz de responder llamado de Cristo: “sígueme”.

Sígueme es un mandato. Sígueme es la declaración de Jesús de confiar en sus promesas, es un acto de confianza. A la vez, está instrucción nos previene del contagio mimético, es decir, de copiar los deseos violentos que se dan entre los humanos. Cuando decidimos seguir a Jesús aprendemos a ver cómo Jesús se convirtió en un chivo expiatorio. Juan 11:50 es el ejemplo claro sobre como Jesús iba a convertirse en el rescate por los demás cuando Caifás declaro: “ni tenéis en cuenta que os es más conveniente que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación perezca”.

Distefano describe el mecanismo del chivo expiatorio de la siguiente forma:

Y ahí está, el hijo de Dios, completamente inocente, pero ofreciéndose a los sistemas violentos que estructuran el mundo. Él sabía que debería ir solo. Notemos, en el evangelio de Mateo en particular, que la tercera y definitiva negación de Pedro es dicha frente a un grupo de “espectadores” (Mt. 26:73). Esto es una muestra de cómo el poder de la multitud, con su odio colectivo está dirigida hacia Jesús y a cualquiera asociado con el Señor, abrumando a Pedro. Es una multitud que, en lo más alto del contagio mimético en Lucas 23:21, grita colectivamente, ¡crucifíquenlo! ¡crucifíquenlo!

¿Para qué seguir a Jesús?

Seguir a Jesús implica rechazar el mecanismo del chivo expiatorio aplicado a otros. Si como especie, dice Distefano, podemos aplicar está comprensión de las raíces miméticas de la violencia y el Evangelio como respuesta, entonces, colectivamente, podemos mantenernos más en unidad con otros para no seguir enviando inocentes a la cruz. Si los 2.2 billones de cristianos que somos, empezamos a seguir a Jesús con una ética social, la teoría mimética enseña que otros copiaran está mimesis positiva. Un movimiento de paz iniciado por billones de seguidores de Jesús fue lo que Cristo quiso, podría esparcir semillas de paz, que crecerán sobre el poder de las estructuras del mundo moderno.

El otro punto clave está en la exposición de la Resurrección de Jesús para resolver el problema de la violencia. Como Distefano ya lo había mencionado, Becker apunta a que la violencia, en un sentido amplio, es el resultado de la respuesta de la humanidad a la ansiedad causada por el conocimiento de que no podemos impedir nuestra muerte. La Resurrección de Jesucristo, cuando es entendida a la luz de esto, parece ser la respuesta de Dios a la muerte, el temor y la violencia resultante de ambas.

Además, dice Distefano: la respuesta divina no sólo a nuestro pecado sino al pecado de todo el mundo es la misericordia, no es la retribución y, por lo tanto, más violencia. Como dice el escritor de Hebreos, Jesús – el cual, reitero, habla con el Padre de sí mismo - “habla de un mundo mejor que el de la sangre de Abel, al que Genesis 4:10 hace alusión como un mundo de venganza.

Un pensamiento final

Si nuestras culturas y religiones se encuentran fundadas sobre la violencia sagrada y el mecanismo del chivo expiatorio, entonces los relatos de la Pasión expondrán y profundizaran sobre las formas en cómo nos esclavizan estos sistemas. Si la ansiedad causada por la muerte obliga a la humanidad a construir “sistemas de inmortalidad” que nos confrontan, en dónde defendamos nuestras verdades absolutas a cualquier costo, entonces la Resurrección de Jesucristo y por tanto una resurrección futura de toda la humanidad son la respuesta del Padre en gracia y misericordia para aprender cómo derribar los sistemas violentos y destructivos.



Todas las citas están tomadas de Matthew J. Distefano, The Root of violence: Imitative desire, death anxiety, and the gospel´s solution to both. (La raíz de la violencia: Deseo imitativo, la ansiedad de la muerte, y la solución de evangelio a ambas)





 


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