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¿Hay Una Sola Iglesia?




¿Cuál es el punto del ecumenismo?

En la entrada anterior, dimos un breve vistazo a las características del modelo tradicional de Iglesia. Aprendimos que este modelo tradicional tiene como base los cuatro puntos del Credo Niceno, es decir, la Iglesia es Una, Santa, Católica y Apostólica. En esta segunda parte, el profesor Shults nos enseñara a cómo deconstruir el primer presupuesto de la Iglesia tradicional.

¿En qué sentido es única o una la iglesia? Esta "marca" eclesial usualmente se toma para indicar la unidad (o unicidad) de la iglesia. En otras palabras, el credo afirma que, a pesar de las apariencias, la verdadera iglesia no está dividida o tiene muchas ramificaciones, sino es un ente singular y unificado. El apoyo a esta noción generalmente implica un llamado a la imagen paulina de un “cuerpo único" de Cristo, o a la visión joánica de los discípulos de Jesús como “un" solo cuerpo, así como el Padre y el Hijo son “Uno". Es importante reconocer que la formulación del credo patrístico de la soñada unidad eclesial surgió durante el reinado filosófico de la metafísica neoplatónica, que privilegió fuertemente al "Uno" sobre "los Muchos", y al reinado político de los emperadores romanos Cristianos, cuya preocupación era mantener la unidad del imperio, incluso si esto requería de la destrucción o expulsión de las fuerzas de cambio.

En otras palabras, el discurso de los primeros concilios ecuménicos fue moldeado por las categorías de la ontología Griega y fue patrocinado por Constantino y sus sucesores; no es de extrañar que la diversidad y la pluralidad fueran sometidas a la conformidad, o silenciadas al amoldarse al concepto del “uno". El hecho empírico de que la iglesia estaba dividida y era múltiple requería la proyección de la idea de una iglesia “verdadera" que existe (¿o existirá?) en un reino supuestamente "invisible" (similar al mundo inmutable de las “Ideas” de Platón), distinto de la existencia visible, temporal y material de las iglesias reales. Este ideal de una “novia de Cristo" eterna, perfecta y pura fue usado para autorizar a Constantino a aplicar el concepto de unidad y borrar las diferencias, y fue tomado como un signo de culpa o mancha en los demás.

En siglos posteriores, bajo otros imperios, los Cristianos estuvieron tentados a captar esta idealizada unidad mediante una aplicación o eliminación similar, ya sea arrastrando a otros hacia la aceptación de un núcleo supuestamente universal, compartido por todos o dejando a otros fuera de la comunión para proteger tal unidad de la estructura organizativa. El movimiento ecuménico de los primeros tiempos a veces cedió a la antigua tentación, mientras que las denominaciones particulares cedían de vez en cuando a las últimas. La Propuesta de Princeton para la Unidad de los Cristianos reconoce que la diferencia debe ser valorada y celebrada, pero también advierte que la diversidad puede ser usada fácilmente “para propósitos pecaminosos" e insiste en que la unidad es un don divino. Tal vez esto pueda ser cierto, pero la Propuesta no reconoce que el impulso de la unidad también pueda ser usado por los pecadores, incluidos los burócratas de la iglesia obsesionados con meter a todos en una y la misma caja, es decir, ese “uno" en el que cómodamente controlan todo.

Si bien muchas (si no la mayoría) de las iglesias contemporáneas mantienen la unidad de la iglesia como un ideal en cierto sentido, también tienden a estar menos ansiosas por la obvia pluralidad y diversidad que caracteriza el estado real de los asuntos eclesiales. Esto conlleva a ver el propósito del diálogo ecuménico de una manera bastante diferente. El objetivo de dar la bienvenida al encuentro con una multiplicidad de “otros" no es manipularlos para que se ajusten a una igualdad idealizada, sino encontrar nuevas posibilidades de transformación precisamente dentro de la complejidad de las fuerzas de cambio. Esta apertura se debe en parte a la voluntad de los nuevos Cristianos al comprometerse con lo que podría llamarse el “cambio a la alteridad" filosófico en la modernidad tardía, asociado con pensadores como Derrida, Deleuze, Levinas y Ricoeur.

En otras palabras, los esfuerzos “ecuménicos" de la multiplicidad Cristiana (y me atrevería a decir de la que no lo es) se dirigen tanto a la reconstrucción de la “identidad" de la iglesia mediada por el encuentro con la “alteridad", como a la reforma de las prácticas comunitarias dentro y a través de las fronteras designadas. Irónicamente, esta actitud de compromiso de cambio continuo con “otros" ha abierto el espacio y el tiempo interpersonal para un diálogo profundo y auténtico sobre y dentro de las diferencias, y fomentó la práctica del trabajo en red de colaboración, de manera más eficaz que muchos de los esfuerzos de representantes oficiales de diversos medios en las jerarquías eclesiásticas. Los Cristianos con sed de cambio se multiplican, y para la mayoría de los que participan en el movimiento esta multiplicidad no se percibe como un desafío sino como una oportunidad para forjar redes transversales orientadas por y hacia la comunión que faculta a las personas a compartir el auto-ofrecimiento del amor de Jesús en la forma de actuar en el mundo.

¿No es esto lo que debería ser la iglesia?

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